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Ciudades sin árboles – El Comercio

Si la intención es allanar el camino rumbo a una economía descarbonizada no solo hay que fijarse en la emisión sino también en la captura. Y en ese renglón nuestras ciudades nos quedan debiendo.

En este país seguimos creyendo que concreto y hierro son los símbolos excluyentes del progreso y nos hemos esmerado en construir ciudades cada vez más pálidas. Por ejemplo, los dos grandes parques urbanos planificados para Quito y Guayaquil en los últimos años son un culto a la recreación deportiva. Tienen en conjunto más de 500 hectáreas, pero el cemento se impuso de manera abrumadora y ambas ciudades perdieron la oportunidad de contar con nuevos pulmones.

Quito ha hecho mejor las cosas. Entre la Carolina, el Parque Metropolitano del Sur y el Parque Metropolitano de la Guangüiltagua suman unas 1.400 hectáreas de áreas verdes. La capital es además el epicentro de “Siembratón”, una iniciativa civil que este año busca sembrar no menos de 300.000 árboles en las parroquias rurales y urbanas. Pero Quito sí está amenazado por ese auge indiscriminado de la construcción vertical (otra vez el hierro y el concreto) que inevitablemente termina reñido con cualquier proyecto de arborización.

Un estudio publicado por el INEC en 2010 señala que Quito tenía en ese entonces casi 24 metros cuadrados de espacios verdes por habitante, mientras que Guayaquil y Cuenca tenían menos de dos metros por persona. La recomendación de la Organización Mundial de la Salud es que por cada residente urbano existan 9 metros cuadrados de plantas. Pero lo que necesitamos con urgencia no son jardineras ornamentales sino árboles que mejoren la calidad del aire y proporcionen sombras que incidan positivamente en la temperatura. Por eso es acertada la idea del Municipio de Guayaquil de dejar de insistir con las palmeras, que aportan menos en los dos rubros.

El puerto principal tiene un par de retos urgentes. El primero es incorporar agresivamente a la arborización en sus proyectos de desarrollo urbano. La alcaldesa ha dicho que están sembrando 4.000 árboles por año y que cada casa construida por el municipio tendrá un árbol. Lamentablemente ambas metas lucen insuficientes, sobre todo si se compara con lo realizado en otras ciudades dentro y fuera del país. En Santiago de Chile por ejemplo se sembraron cerca de 3,5 millones desde 2010, es decir unos 870 árboles al día versus los 11 que se presupuestan en Guayaquil.

El segundo desafío es proteger tanto el bosque seco como el manglar. Es imperdonable que las canteras se sigan devorando un pulmón y un hábitat tan frágil a vista y paciencia de todos. En octubre, el municipio clausuró una cantera por operar fuera de su área de concesión, pero el problema no está en la vigilancia sino en el permiso de operación. El costo de oportunidad es innecesariamente alto. Se puede estar o no en sintonía con las metas de COP26 pero proteger el entorno y mejorar la calidad de vida de todos no es una tarea opcional para los municipios.

Written by perú despierta

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