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Dueños de casas afectadas en Solanda, sur de Quito, aún sin respuesta

En Solanda, el barrio más densamente poblado de Quito, la gente tiene miedo.

Desde que la construcción de una de las estaciones y una salida de emergencia del Metro empezó en la zona, en julio del 2017, las casas comenzaron a cuartearse, los techos a abrirse y las paredes a inclinarse.

Solanda se hunde. La gente asegura que el responsable es la obra más importante para la movilidad de la capital. Los vecinos saben que con el tren podrán llegar a El Labrador en menos de 30 minutos -la cuarta parte de lo que les toma hoy- pero consideran que el precio que han pagado es muy alto: 400 construcciones afectadas.

Por más de tres años, las familias han abierto las puertas de sus casas agrietadas a fotógrafos, periodistas, técnicos, incluso al Alcalde, pero dan fe de que nada ha cambiado. “Vinimos solo por respeto”, “Hacen fotos y se van”, “Nadie nos ayuda”, se escucha entre la multitud reunida en la casa barrial. Además del miedo, en Solanda reina la desesperanza.

La nueva gerenta de la empresa Metro, Andrea Flores, incluyó el tema de esa afectación en el último informe que presentó al Concejo. Se explica que para resarcir los posibles daños ocasionados a 270 casas en Solanda se presentó un reclamo a Seguros Generali con la finalidad de obtener una indemnización justa .

El Metro informó que además contrató un peritaje ajustador de seguros que busca establecer los valores de los posibles daños para que se levanten informes particulares. Ese documento se entregó el 23 de febrero. Una vez que analicen la información, se pronunciarán.

Los vecinos escuchan la noticia y no se convencen. Son tantas las veces que les han ofrecido soluciones que perdieron la fe. Saben de memoria el resultado del estudio que hicieron el Municipio y las universidades Politécnica y Católica.

La casa de María Cevallos es una de las más afectadas por el hundimiento del suelo. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

Fernando Chamba, presidente del Comité Ejecutivo de la ciudadela, dice que el informe determina que entre las causas del hundimiento están el estado del alcantarillado, los edificios informales, corrientes de agua a nivel freático y la extracción de agua del Metro.

Solanda es un barrio donde viven 130 000 personas. Son casas adosadas a ambos lados que se levantan apretadas, como legos de distintos tamaños.

Las primeras viviendas eran de uno o dos pisos, pero la necesidad obligó a la gente a construir hacia arriba. Hoy, hay inmuebles de hasta seis niveles. Lo han hecho de manera informal, sin permisos.

La comunidad se molesta cuando se hace referencia a las construcciones sin autorización. Y lo explican: “Ni con terremotos las casas se cayeron, pero empezó a pasar el Metro y esta pesadilla comenzó”.

Quien habla es María Cevallos, conocida como doña Juanita, una de las más afectadas. Vive en el sector 1, manzana 4, lote 166. Todas las viviendas que tienen problemas se ubican a 250 metros a la redonda del lugar donde el Metro extrajo el agua, en los sectores 1 y 4.

Desde niña, Juanita le teme a los temblores. El paso del Metro le despierta el mismo miedo que los sismos y ha tenido que aprender a convivir con él.

Abre a la puerta de su hogar y su única compañera sale a recibirla: Osita, su perra. La abraza y dice que gracias a ella sabe cuando alguna parte de su casa se va a caer: ladró cuando se abrió la grieta entre las gradas, cuando hubo un estruendo y las baldosas del baño se desprendieron, y cada vez que un pedazo de muro se desploma.

Cuando todo empezó, en el 2017, se cayó la vajilla de un mueble. Luego se vino abajo el aparador y dejó a la vista una grieta en el techo. Hoy el mesón está inclinado. Cuando pone una olla con agua se riega y las frutas ruedan hacia un lado. Los técnicos le recomendaron salir de la cocina por el riesgo.

Des de allí, doña Juanita puede ver la calle por una grieta. A diario debe limpiar un polvillo blanco y pequeñas piedras que caen de la losa. Por los distintos orificios que hay en su casa, se mete el viento, la lluvia y le recuerdan que, poco a poco, su vivienda se viene abajo.

Juanita, quien para comprar su casa sacó un préstamo a 25 años en el Banco de la Vivienda y pagaba 500 sucres al mes, se conmueve cuando recuerda que quedó viuda hace 10 años, que con esfuerzo logró comprar esa morada y que hoy debe salir pero no tiene a dónde.

Junto a su casa vivían las hijas de Fernando Proaño, director jurídico del Comité Ejecutivo. Una cinta amarilla impide el ingreso a su propiedad que se inclinó 60 cm por daños estructurales y hoy está en procesos de expropiación. La casa de 168 m2 está avaluada en USD 72 000, pero pretenden darle 13 000 por no tener planos y él se niega a aceptarlo.

La casa de José Arce tiene una apertura de 15 cm en la losa por donde puede ver a su vecino del piso de abajo. La lista de afectados sigue: Luis Guerra, Livia Herrera, Martha Puco. Ninguno con la capacidad económica de comprar otra casa.

Los vecinos iniciaron procesos legales de reclamo para la ejecución de la póliza de responsabilidad civil de daños a terceros. Temen que la justicia llegue tarde y que cuando el Metro empiece a operar, una de esas casas entierre a alguien.

Written by perú despierta

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