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Coronavirus en Perú | COVID-19 | Los de arriba y los de abajo: la historia de quienes viven un verdadero estado de emergencia


Lucio no se ha quedado en casa. Sabe que hay estado de emergencia y conoce el pedido del Presidente, pero no se ha quedado en casa. Ha salido por una puerta hecha con pedazos de madera mal cortados, con hueco y sin cerrojo, porque quiere que lo vean antes de que él ya no pueda ver.

Lucio se está quedando ciego. La diabetes que padece, sumada a la falta de atención médica, lo han llevado a disminuir la visión de sus dos ojos. Pero lo dice como quien cuenta algo que sabe que pasará. Algo que ya asumió. Con resignación. A estas alturas, a él, que normalmente vive del reciclaje y ahora no puede trabajar, le preocupa más quedarse sin comer. 

Felicitas, en cambio, no ha salido de casa. No ha salido de su cama, siquiera. Quisiera, pero no puede. Lleva un año sin poder. Las piernas no le funcionan. Podría ser artrosis, paraplejia o algún síndrome, pero no lo sabe. Ella cree que es gastritis. Se la diagnosticaron tiempo atrás y es la única información que maneja. No tiene forma de acercarse a un hospital y, claro, pensar en doctores particulares allá, en el asentamiento humano Oasis de Villa, en Villa el Salvador, es una utopía.

Su esposo –o compañero, como lo llama- tiene 67 años, tres más que ella. Ambos, 34 años atrás, se convirtieron en padres de la hija que hoy no puede trabajar como antes, vendiendo artículos de limpieza. El dinero no alcanza. La comida es prioridad y la medicina para su madre debe esperar, porque, además, debe hacerse cargo de sus dos niños, de 11 y 10 años.

Verónica no tiene dos, sino cuatro hijos de ocho, nueve, 18 y 20 años. Se quedó viuda hace cinco y tiene cáncer. Se lo detectaron en octubre de 2019, en el útero, cuando aún trabajaba en una empresa de seguridad que, pese a su descanso médico, la desvinculó algunos meses después sin argumentos. Su enfermedad está en segundo grado y tuvo que detener el tratamiento de inmunoterapias porque la cuarentena, para evitar la propagación de COVID-19, le impide salir a la calle. Vive de los ahorros que le dejó una actividad pro fondos, duerme temporalmente en un ambiente que le habilitaron en casa ajena y, además de que no accedió al bono de 380 soles, no puede retirar su CTS porque el despido arbitrario no contempló ningún beneficio.

Un oasis de mentira

Entre la Avenida 200 Millas y Separadora Industrial, pasando el óvalo Oasis y subiendo una calle empinada, se ubica Oasis de Villa. Un oasis es el paraje de un desierto en el que se puede encontrar agua y vegetación. Como la Huacachina, por ejemplo, que tiene árboles y una laguna en medio de los arenales. Este, en cambio, es un asentamiento humano que no tiene agua, plantas, ni abrigo. No tiene desagüe, ni asfalto, siquiera. El suelo es una mezcla de tierra y piedras. Se ubica frente al mar de Villa El Salvador y consta de cuatro grupos, cada uno con más necesidades que el anterior.

Uno de ellos, el que está en la parte más baja, en una especie de malecón invadido por hogares a medio hacer, es conocido como la ‘Falda’. Tal como deja entrever el nombre, se encuentra en la falda (o ladera) del cerro que da hacia una de las playas del distrito. Ahí, muchas de las casas no tienen ventanas, otras no tienen puertas, y sus habitantes son parte del 2.9% de la población del país afectada por la pobreza extrema, según mediciones del INEI. Una característica que casi nadie podría envidiar. Casi, porque un poco más arriba, en el Grupo 4, donde viven Lucio, Felicitas y Verónica, hay quienes lo hacen.

Los niños del Grupo 4, en Navidad, ven pasar camiones llenos de juguetes, chocolatada y panetones. “¿Por qué no vivimos abajo?”, preguntan a sus papás, mientras asimilan que, un año más, la ayuda no será para ellos. Que, nuevamente, no habrá regalos. Porque, a la pobreza que ellos viven, le falta la palabra “extrema” para que sean vistos. Para que dejen de vivir en un constante y verdadero estado de emergencia.

Los de arriba y los de abajo

El viernes 27 de marzo, la División de Criminalística llegará a Oasis de Villa, y los vecinos de Lucio, Felicitas y Verónica lo saben. Se han reunido en una especie de plaza ubicada en la entrada del asentamiento. Están ilusionados y se nota. Son más de 80. Nadie los ha citado, pero están ahí. Todos tienen mascarilla y guardan un metro de distancia. Percy Medina, con megáfono en mano, los ordena. Es un vecino más que, con la autorización de la secretaria general del vecindario, los organiza.

“¿Quién les dijo que hagan filas? La repartición será casa por casa”, dice una mujer que llega en carro de policía, con un chaleco que tiene escrito “prensa” en la parte posterior. Los más de 80 habitantes no quieren moverse porque la ayuda, dicen, no les llegará. Que siempre es lo mismo, que solo van para abajo, que es una burla. Eso y más, gritan. Hay alboroto. “Iremos casa por casa”, insiste la señorita. No le creen, pero se van. “Siempre es lo mismo. Para ellos, no existimos”, reclama una señora. “Vecina, van a ir casa por casa”, dice Percy. Él tampoco lo cree, pero se aferra al poquitito de ilusión que le queda.

Tenían razón. Los vecinos tenían razón. Los efectivos de la Dirincri llegan al lugar en distintos vehículos, con dos toneladas de papa, bolsas con víveres, juguetes para los más pequeños y una cisterna de agua potable, pasan al lado de la plaza que ahora está vacía, giran a la derecha y bajan a la ‘Falda’. No basta con ser pobre. No cuando se tiene que elegir entre el que necesita y el que necesita más. Y los de abajo, según los registros, siempre van a necesitar más.

Percy cuenta que, una semana atrás, las donaciones terminaron en la misma zona. Y que la cuarentena no es una excepción. Que siempre pasa lo mismo. Las bases de datos mandan, y, en ellas, la ‘Falda’ merece prioridad. “Acá trabajamos individualmente, vendiendo periódicos, tamales, comida… nos mantenemos de eso. Las instituciones llegan solo a la zona de abajo. Nosotros también tenemos derecho a esa ayuda. Aunque sea poco, lo vamos a valorar”, dice, alzando la voz por los vecinos de las ocho manzanas que no son escuchados.

Una sonrisa reciclada

A 20 kilómetros, más o menos, vive Reina. Reina Paredes Tapia es su nombre completo, pero en el lugar la conocen como Reina, la señora recicladora. Ya no recicla, en realidad. Mucha gente lo hace y no le dejan nada, cuenta, por eso ahora vende caramelos de madrugada. O vendía, mejor dicho, cuando aún podía bajar por la tarde a la ciudad y, al día siguiente, regresar con el poco dinero que recolectara y subir las cientos de escaleras que la lleven a su casa, ubicada en San Juan de Miraflores. En Pamplona Alta, exactamente. Entre malezas, cajas y cientos de piedras de distintos tamaños que ella, con sus propias manos, ha ordenado como escaleras.

Reina sonríe. Sonríe siempre. Tiene 66 años, es soltera y no tiene hijos. En su casa, de un solo ambiente, hay muchas cosas. Muchísimas, de todo material, color y tamaño. Cosas que, en algún momento, recogió para reciclar. Cosas de las que no quiere deshacerse, así le impidan caminar en su propio hogar, porque en algún momento pueden servirle para ganar algunas moneditas.

 

Reina sonríe y, por su eterna sonrisa, la ausencia de dientes casi pasa desapercibida. Sonríe, aunque su cama sea solo un colchón ubicado en una minúscula esquina de su cuarto y esté rodeado, cómo no, de cajas, cartones y algunas ratas que no se ven, pero ella ha encontrado. Sonríe, aunque sobreviva con el poco dinero que su hermana le envió. Sonríe, aunque ese poco dinero tenga que compartirlo con una gata a la que quiere como una hija, aunque hace días la haya convertido en abuela.

Reina lleva el cabello canoso amarrado en una cola alta y cubierto por una gorra. Ahora, que tiene poco por hacer, mira por la ventana cómo la vida sigue aunque para ella se haya detenido. Pero igual sonríe y muestra, con esa sonrisa tan suya, el geranio y eucalipto que ha plantado justo afuera de su puerta. “Ojalá no se mueran”, dice. Sonríe aunque esté triste porque le robaron un pantalón de la municipalidad que recibió como obsequio. “Era bien bonito”, cuenta. Una prenda menos.  

Reina sonríe pese a no tener baño, ni silo, como la gran mayoría de sus vecinos. Sonríe, aunque esté obligada a tirar sus necesidades por la quebrada, y a bañarse sobre la tierra que rodea su cuarto, como buenamente pueda, con baldes que ella misma debe subir, de a poquitos, por esas escaleras que tambalean, pero que, orgullosa, cuenta que ella misma construyó. Sonríe, aunque el agua, que a veces llega hasta la parte alta del cerro y a veces no, no pueda desperdiciarse en lavarse las manos. El agua para una semana cuesta abajo 20 soles. Arriba, 10 más. Pero ella igual sonríe. Sonríe siempre, aunque no sepa hasta cuándo pueda comer.

La vida en estado de emergencia

Ni un pollo a la brasa, ni una fiesta, ni un día de playa. En el Perú hay gente, y no es poca, que quiere y necesita que esto pase para poder trabajar y vivir. Como como Otilia García, una mujer de 69 años que vive en un cuarto alquilado con sus dos hijas de 22 y 24 años, ambas con discapacidad mental, que está a punto de ser abuela porque un hombre embarazó a la menor, la incitó a abortar y se dio a la fuga. Otilia, quien debe dos meses de alquiler, ya no puede trabajar porque los vecinos, a quienes les limpiaba el cuarto y lavaba la ropa, no reciben ingresos durante el estado de emergencia.

 

En el Perú hay gente, y no es poca, que ya no tiene paciencia. Y no precisamente porque extrañe pedir su plato favorito por delivery, sino porque ya no soporta el estómago vacío. Como Ronald Camacachi, trabajador de un chifa, y su esposa Katherine Solis, vendedora de chicha en la carretilla de una señora, quienes, al no poder trabajar, se quedaron sin ahorros, gastaron su último sol en una mascarilla para protegerse y acumularon hasta cinco días sin comer más que queques que sus vecinos les regalaban.

El home office, para muchos, no es opción. Porque hay quienes necesitan salir a la calle para reciclar, cocinar en algún local, vender caramelos, artículos de limpieza o lo que sea que les dé dinero para comer. Tampoco es tan simple como mantenerse limpios y en cuarentena. Porque no todos tienen agua para lavarse las manos. Porque no todos pueden quedarse en casa. Y no por egoísmo, sino por subsistencia. Porque no tienen los mismos privilegios que quienes sueñan con que se levante el estado de emergencia para ir a alguna reunión entre amigos.

Ellos, los muchos peruanos e inmigrantes que no desahogan su angustia en redes sociales porque no tienen acceso a Internet, no quieren que todos los días sean domingo. No quieren descansar. No quieren porque no pueden y no pueden porque necesitan salir para ser vistos. O para soñar con que es posible que alguien los mire. Necesitan gritar para que los escuchen. Porque es probable que, si el coronavirus no los mata, los mate el hambre.

Contactos para ayudar:

Lucio, Felicitas y/o Verónica, del asentamiento humano Oasis de Villa:

Isabel Franco (vecina): 929765401

Reina Paredes Tapia, de Pamplona Alta:

No tiene teléfono ni contacto, pero su dirección exacta es Manzana E, Lote 1, Ampliación Pedregales Altos 2 – San Juan de Miraflores

Otilia Tapia, madre de dos hijas con discapacidad mental: 

Kelly Chumacero (vecina): 961929270

Ronald Camacachi y Katherine Solis:

Su caso recibió fue difundido por RPP y ambos recibieron apoyo para volver a alimentarse y pagar uno de los dos meses de alquiler que debían. De todas formas, su número de teléfono es 997714963.

Rotafono: 951431013


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