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Universitario de Deportes 97 de pasión: Benjamín, un incendio y el porqué el fútbol trasciende a la cancha

“¡Soy de la ‘U’! ¡Soy de la ‘U’!”, grita. El parque está casi vacío. Dos o tres personas pasan caminando, pero no se detienen. Un serenazgo está de pie, con las manos en la espalda, pero parece no distraerse con nada. Cada uno está en su mundo. No lo miran. Él sigue gritando. “¡Soy de la ‘U’!”. Se lo dice a nadie y se lo dice a todos. A quien quiera escucharlo. A quien quiera ser feliz con él.

     – ‘Benja’, cálmate, hijito – le dicen, nerviosos, Jhonny y Fiorella, sus papás.

Benjamín no se calma. Patea una pelota que alguien, de forma anónima, le ha regalado. La toma con sus manos y la lanza al aire. Espera a que caiga al suelo y la vuelve a patear. La deja a sus pies solo cuando ve que se viene algo mucho, muchísimo mejor. Algo que llevaba días pidiendo: una camiseta de Universitario.

No hace frío, ni calor. Es mayo. Jueves 13 por la mañana, para ser exactos. Ya se acabó el verano en Lima, pero aún no ha llegado el invierno. El cielo está despejado, aunque corre un poco de viento. Fiorella lleva el cabello atado en una cola baja, una mascarilla quirúrgica, un pantalón negro y una casaca delgada del mismo color. En sus brazos tiene a Arlette, una bebé de tres meses que viste un gorrito plomo, polo de manga larga blanco, vestido a rayas y un yeso en cada pierna por un mal congénito que viene tratándose en la clínica San Juan de Dios. Está cubierta por una mantita rosada.

Los acompaña Jhonny. Es el único que lleva puesto un polo de manga corta, azul eléctrico. Las zapatillas son del mismo color. Las de Benjamín, su primogénito, también. Él tiene, además, un polo rojo de manga larga y un chaleco negro que le llega casi hasta los muslos. Es, probablemente, dos tallas más grandes que él, pero está en muy buen estado. Y es lo que importa. Sobre todo, cuando, apenas 23 días atrás, lo perdieron todo en un incendio.

El día D

Benjamín es un niño independiente. Tiene cinco años, pero parece mayor, y no solo por su físico. Le gusta hacer las cosas por su cuenta: se prepara limonada sin ayuda, decide su look del día con total libertad y hasta lava sus camisetas de Universitario solito, para tenerlas siempre a disposición. Lo hacía, por lo menos, hasta antes del incendio en Huachipa. Tenía dos: una crema y una guinda. No eran originales, pero eso, para él, era lo de menos. Las usaba casi siempre, hasta en sus clases virtuales. Cuando una se ensuciaba, la lavaba y tendía en el cordel. Luego, continuamente, se acercaba a tocarla hasta asegurarse de que estuviera seca y lista para ser nuevamente usada. Y así, cada cierto tiempo, el ciclo se repetía: si no era con la oficial, era con la alterna. Hasta que, un día, no se repitió más.

El sonido de la explosión fue ensordecedor. “Parecía que la casa se partía en tres”, recuerda Fiorella. Su esposo había ido al trabajo, pero ella sí estaba ahí, en la sala, dándole de lactar a su bebé. Eran poco más de las 2 de la tarde del martes 20 de abril de 2021. Ya habían pasado el año viviendo en el centro poblado de Lurigancho-Chosica. Era la casa de los padres de Jhonny, y decidieron mudarse ahí cuando empezó la cuarentena en Perú, no solo para acompañarlos, sino también para economizar el alquiler que pagaban en Ate. Muebles, cocina, refrigeradora, ropa, fotografías y los ahorros de toda una vida. Todo se llevaron. Todo se quemó.

El terreno en el que vivían era de casi 5 mil 500 metros cuadrados y se ubicaba cerca al cruce de las calles Archipiélago y Los Rosales, a aproximadamente 500 metros de la Avenida Circunvalación. Por fuera, se veía una pared inmensa hecha de ladrillos y un portón grande. Dentro, sin embargo, no estaba solamente la casa de la familia de ‘Benja’, sino también dos fábricas grandes. Una de ellas, colchonera, que estaba hecha de forma provisional, con calamina, y trabajaba con químicos y materiales inflamables. Esa fue la que estalló.

“¡Incendio! ¡Salgan!”, gritó su suegra tras asomarse a ver qué pasaba, luego del estallido. Fiorella, de inmediato, llamó a Benjamín. Tres veces gritó su nombre, hasta que salió de su cuarto. Ella agarró una toalla, cubrió a su hija, tomó de la mano a su hijo y empezó a huir. El humo era negro. “Negro, negro, negro”. Lo describe así, repitiendo también tres veces el color. Ahogaba, sofocaba, impedía ver y asustaba, sobre todo. “Benjamín vio el humo y ya no quería salir. Pensaba que lo mejor para él era permanecer en la casa. Arrastrándolo, lo saqué. Abrimos la puerta a patadas. De la casa al portón principal (que da a la calle) hay como una cuadra de distancia. Se tiene que recorrer un pasaje que está a solo un metro de la fábrica. Ha sido horrible”, recuerda.

Tenía puesto un vestido -de esos que una usa solo en la casa-, sandalias y un celular con poca batería. No llevaba la faja que, por su cesárea, le recomendaron usar. No le dio tiempo de sacar abrigo, cargador, ni billetera. Todo se quedaba. Todo el dinero que había juntado con su esposo desde que se casaron y todo lo que había ahorrado ella por su cuenta desde que llegó a Lima, 26 años atrás, con el sueño de, algún día, comprar un auto para ella y los suyos. No tenían tarjetas. Solo efectivo. Y todo, absolutamente todo el esfuerzo de una vida entera, estaba ya entre llamas.

Canchita y limonada

Fiorella dejó su natal Andahuaylas a los 15 años, siguiendo los pasos de su hermana mayor. Poco tiempo después, llegó a trabajar a la casa del señor Luis Noblecilla, en Ate. Lo conoció en el seguro, mientras se atendía una quemadura en la mano que sufrió cuando cuidaba a una bebé, en Miraflores, en su primer trabajo en la capital. El señor Luis era viudo y tenía tres hijos hombres. Le ofreció trabajo en su hogar y ella aceptó. “Son de Tumbes, pero vivían en Lima. Me querían como a una hermana. Ellos me hicieron de la ‘U’”, admite.

“Tú vas a ser hincha de Universitario. Es el mejor equipo”, le dijeron los muchachos cuando llegó. Era 1995 y Sergio Markarián tenía su segundo periodo como entrenador crema. Entre las principales figuras del plantel estaban el ‘Puma’ Carranza, Roberto Martínez y Freddy Torrealva. Las novedades del equipo eran un debutante ‘Cuto’ Guadalupe y un ya experimentado Alex Rossi. Ese año, Universitario ganó dos cosas: el clásico que le permitió ser subcampeón para obtener el cupo a la Libertadores 1996, y una hincha más.

“Me decían para seguir todos los partidos. Yo preparaba canchita y limonada o chicha, y nos sentábamos a ver. Ahí me convertí en fanática también”, dice ahora. En casa del señor Luis, trabajó hasta los 18. Ya siendo mayor de edad, empezó a administrar Tumbes Mar, una cevichería que la misma familia Noblecilla abrió en la cuadra 11 de la Avenida Rosa Toro y le confió a ella. Un restaurante que hasta hoy funciona. “Las puertas están abiertas para mí. Cuando voy con amigos, pagamos la mitad. Y, claro, a mí no me cobra”, cuenta entre risas.

Benditas gradas

Jhonny se volvió hincha de Universitario mientras subía las escaleras del viejo Elías Aguirre, en su natal Chiclayo. Fue su tío Segundo, primo de su mamá, quien lo llevó al estadio, cuando apenas tenía 11 años. Esa noche, Universitario enfrentaba a Deportivo Cañaña, en una gira regional. “Esa experiencia, subir las gradas de noche y ver la camiseta crema… ahí me volví hincha de la ‘U’”, dice.

Ya a los 16, en 1991, cambió el calor norteño por el cielo gris. Fue su hermano mayor el primero en dejar Lambayeque. “Él nos trajo uno por uno, con la intención de ir surgiendo”, recuerda. María y Martha, dos de sus hermanas, fueron las siguientes en llegar a la capital. Él les siguió los pasos, y Esther fue la última de los cinco hijos en viajar. Estando ya todos en Lima, convencieron a sus padres de dejar el hogar.

Pero, antes de que estén completos, cuando recién había llegado a la que sería su nueva casa, Jhonny se fue de Zárate al Estadio Nacional a pie, sin más referencias que las que le daban aquellos a los que les preguntaba en la calle. Universitario, ese día, enfrentó a Defensor Lima. Él, por temor a la Trinchera Norte, se instaló en la tribuna sur y, desde su sitio, empezó a alentar al equipo de sus amores.

Su tío Segundo, cajamarquino de nacimiento y crema hasta la muerte, falleció de un paro cardiaco hace ya 15 años, pero dejó en Jhonny su mejor herencia: el hinchaje por la ‘U’.

No queda nada

Tras escapar del humo y las llamas, y antes de que su celular se apagara, Fiorella se comunicó con Jhonny, su esposo, y le contó que lo habían perdido todo. “Llama a tu mamá, fue ella la que me avisó que había incendio”, le dijo. Fiorella llegó a la esquina de la Avenida Circunvalación y, junto a sus hijos, se sentó hasta decidir qué hacer. La batería de su teléfono ya se había acabado y la ayuda aún no llegaba, cuando, de pronto, una desconocida se le acercó y le ofreció su carro como lugar de espera. Ella aceptó.

“Los bomberos llegaron después de una hora. El primer camión fue el de La Molina. Si yo no hubiera salido en esos primeros cinco minutos, no hubiera salido nunca. Sobrevivimos gracias a Dios y eso es para contarlo”, reflexiona. Aunque, en ese momento, de poco sirvió ser testigo:

“RPP llegó primerito, luego llegó más prensa. Yo quería decir que era damnificada, que por favor me ayudaran, pero no sabía aún si todas mis cosas se habían quemado. Entre las 6:30 y 7:00 pm. fue Defensa Civil. Quería correr, decirles que no se lleven nada, que me ayudaran. Tenía ganas, pero no podía porque el carro estaba cerrado y no podía dejarlo e irme con mis hijos. Quería llorar, pero no podía: para Benjamín iba a ser un trauma mayor”.

Cuando Jhonny llegó, tampoco declaró a los medios. “Como todo el perímetro era cerrado, en las noticias decían que el incendio se llevó la fábrica y no alcanzó a las casas cercanas, pero no sabían que ahí dentro estaba mi casa. Yo, por no preocupar a mis hijos, no dije nada a la prensa”, menciona.

A las 8:00 pm., aproximadamente, les informaron que todo se había perdido. Fiorella, que hasta ese momento se había contenido, comenzó a llorar: “Desde el momento en el que salí de mi casa, le agradecí al Señor porque estábamos sanos, pero, cuando me dijeron que no quedaba nada, empecé a recordar todo lo tenía. Tenía dinero desde soltera. Lo tenía guardadito, para comprarme un carro, para que mi esposo aprenda a manejar, para irnos a la iglesia. Tenía ese sueño. Además, con él ahorraba para las operaciones de mi hijita”.

Historia de amor

En el año 2008, uno antes del penúltimo campeonato -hasta ahora- de Universitario, los papás de ‘Benja’ se conocieron. Fue en un viaje en grupo a Huancayo y Huancavelica, al que ambos fueron tras insistencia de una de las hermanas de Jhonny, que era, a su vez, compañera de trabajo de Fiorella. “Decía que yo era su cuñada, pero yo no era su cuñada. Yo me reía nomás. Todo era en plan de broma. Jhonny y yo solo nos decíamos ‘hola’. Al mes, me invitó a su casa, me pidió mi número y empezamos a salir”, recuerda. Luego de algún tiempo de citas y conversaciones, Fiorella fue directa: si lo que buscaba era solamente diversión, debía irse a otro lado. Ella tenía ya 28 años y, dentro de su plan de vida, estaba formar una familia. Buscaba estabilidad. Y él también.

Así, celebraron no solo coincidir en sus planes a futuro, sino también en el equipo del que son hinchas y en su fe. Ambos son cristianos y congregan en la misma iglesia. Tienen a Dios muy presente en sus vidas y creen que es por Él que, más allá de las pérdidas materiales, hoy están todos vivos para contar lo que les pasó. Fueron sus compañeros de la congregación, justamente, quienes realizaron distintas actividades para que, tras la tragedia, no les falte nada.

Sin embargo, más allá de la ropa donada que les permite vestirse hasta ahora, a Benjamín le faltaba algo para estar completo. “Papá, ¿y mis polos de la ‘U’?”, le preguntó, un día, en su inocencia. Jhonny, entonces, supo que, aunque no era de vida o muerte, uno de sus objetivos era que su pequeño vuelva a vestir una camiseta crema. Faltaban aún siete meses para su cumpleaños número seis, pero quería darle un regalo adelantado para compensar el mal rato que, a tan corta edad, le tocó vivir. Y empezó a escribir a distintas personas para ver si, de alguna manera, conseguía ese regalo.

La historia llegó a un trabajador de Universitario que, sin conocerlos, quiso ayudar. Al ser también cristiano e hincha de la ‘U’, sintió una conexión que entendió como misión. Y no paró hasta hacerla realidad. Su nombre se mantendrá en el anonimato, pero no su acción: conversó con unos compañeros y algunos representantes de la marca que viste al equipo y obtuvo la autorización para, días después, hacerle llegar a ‘Benja’ un polo, una casaca y un peluche de Garrita. Además, obsequió camisetas y tomatodos a los cuatro integrantes de la familia.

“¡Soy de la ‘U’! ¡Soy de la ‘U’!”, grita. El parque está casi vacío. Casi, porque algunas personas caminan por ahí para seguir con su rutina. Benjamín también camina de un lado a otro, pero no lo hace de forma mecánica. Lo hace porque está feliz. Tiene nuevamente una pelota para jugar y la camiseta que él tanto quería. Y, aunque no eran una necesidad básica, Jhonny se propuso darle esos regalos para reducir, en lo posible, el dolor de haber perdido todo lo que usaba. Para dejar de lado, de alguna manera, el daño emocional que la experiencia traumática le dejó.

Universitario, sin ánimos de publicitarse o recibir reconocimiento, facilitó la ayuda. ¿El fútbol trasciende a los 11 contra 11? ¿El amor por un club se puede ver retribuido en la vida cotidiana? Sí. Jhonny y Fiorella, quienes ahora viven en casa de una amiga, lo tienen claro. “Estamos saliendo adelante y el deporte fue un intermedio. Fue, para nosotros, una alegría para seguir adelante”, dice él. “Puedo decir que Dios nos ha sorprendido porque solamente la fe es lo que mantuvimos. Nos mandó gente buena y no nos falta nada. Mis hijos tienen todo, gracias a Dios”, dice ella.

Les toca empezar desde cero, pero están juntos, y eso amerita celebración. Los festejos serán tres. El primero, en la Iglesia. El segundo, en el Monumental. Y el tercero, seguramente, en la cevichería del señor Luis. Eso sí, el pedido de Fiorella, por supuesto, corre a cuenta de la casa.

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Written by perú despierta

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